lunes, 6 de junio de 2011

TraBip



La revolución comenzó por sus pies.

Eran sus cimientos, así que le pareció que el asunto tenía cierta lógica.

Se calzó dos zapatos de distinta camada y color y se hizo a la calle. Con paso inseguro, finalmente consiguió romper ése eje invisible y vertical de su propia simetría, aunque tan sólo fuera de manera superficial, aunque tan sólo se tratara de un breve paseo bajo el sol.

Esta pequeña revolución dió su fruto. Había desplazado su centro gravitatorio. Eran un par de micras, pero la distancia que recorría ésa nave de cambio en la entraña de su cerebro era abismal. Navegó a la velocidad de la luz de un hemisferio a otro, y como un conquistador, cruzó un inmenso vacío y descubrió un nuevo continente.

Echó anclas en las desconocidas costas de la sinrazón.

Ésta pequeña revolución desbloqueó su diafragma, y no es que pudiera respirar mejor, sino que por primera vez en su vida, respiró.

Quitó el freno de mano, amordazó su voz, abrió veredas nuevas en la selva y esperó tres días y tres noches bajo una secuoya para que algún rayo le partiera en dos.

La descarga alimentó la batería de su pequeña revolución. Se abrasaron sus ojos y cuando la costra se desprendió, observó en el reflejo de un arroyo la huella que le había dejado aquella sacudida bestial.

Su ojo derecho conservaba, al menos en apariencia, su estado habitual. Perduraba en su órbita aquel azul oscuro de mar encrespado.

Sin embargo, y he aquí la certeza del cambio, el iris de su ojo izquierdo había mutado. Había adoptado un color ambarado y fulgurante, con diminutas vetas amarillas diseminadas en su interior.

Éste hecho constituyó todo un éxito en la búsqueda su ruptura.

Se trataba de la prueba definitoria de su evolución, pues el eje de simetría contra el que siembre se batía, aquel que atravesaba su cuerpo de norte a sur y hasta entonces limitaba la proliferación de sus fechorías de arte, aquel eje y su régimen dictatorial habían sido finalmente derrocados.

Y el sentido de todas las cosas se replegó sobre sí mismo. Todas las palabras se arrugaron hasta que el plano del papel se volvió punto, y lo par podía ser impar, y lo blanco negro, la memoria era el olvido y la verdad era mentira y lo banal valía una vida, y todo era lo mismo pero distinto y en su nuevo orden de caos, no existía, o existía más que nunca... su contradicción.

Todo era cero. Uno era dos.