lunes, 1 de marzo de 2010

El paraguas y el espejo

Aquella mañana llovía con fuerza en el centro. La última clase a la que debía haber asistido habría terminado ya, al otro lado de la ciudad. Busqué alguna excusa con que llenar mi tiempo perdido y recordé con cierto júbilo que la camiseta que dejé en un pequeño negocio de imprenta unos días antes estaría probablemente terminada y lista para ser recogida.

Efectivamente, tres cuartos de hora más tarde, cerré la puerta de la tienda con una bolsa entre las manos. Esquivé un gran charco y, sin rumbo fijo, me di un paseo por las callejuelas del casco antiguo de Madrid. Mis zapatillas estaban empapadas y notaba cómo los calcetines se hinchaban. Los bajos del pantalón se volvieron pesados y la sensación de humedad se extendía por todo mi cuerpo, pero no me importaba.

Al cabo de un rato, desemboqué casi sin pretenderlo en la Puerta del Sol. Decidí tomarme un pequeño descanso. Apoyado en un grueso muro, me encendí un pitillo, me puse la capucha y me dediqué a observar cómo la gente en la plaza huía de la lluvia, como si les doliera en contacto con su piel. Agudizando un poco la mirada, me pareció ver a un amigo de la infancia que, como yo, permanecía impertérrito bajo el aguacero. Guillermo, creí recordar. Un buen chico. Siempre frágil, cómo si fuera a romperse de un balonazo o un estornudo. Así le recordaba yo cuando entre los dos debíamos sumar una docena de años. Un niño rubio, de voz tierna y quebradiza, igual que los primeros balidos de un corderito. Un chavalín de cristal, en otras palabras. Incluso sus carreritas por el patio se asemejaban a las de un cabritillo recién nacido, inseguro, calibrando por primera vez la mágica relación entre sus patas y el suelo. Sí, era Guillermo, no había duda. Un niño sensible que no inspiraba más que ternura. Ternura y compasión; todavía parecía llevar en la cara una mueca de sumisa tristeza, de sufrimiento silencioso, como si el mundo pesara sobre sus hombros más de lo habitual y hasta el más mínimo gesto delatara un espíritu doblegado por la vida. En ése momento recordé que Guillermo era huérfano. Desde la distancia me parecía que en realidad no esperaba a nadie, o que quizás, esperara a su madre aparecer entre el bullicio de repente, cargada con bolsas navideñas.

Giró un instante la cabeza y yo, que me hayaba a unos treinta metros de distancia, me giré al unísono para no ser descubierto, y quién sabe si reconocido. Disimulé toqueteando el móvil un poco y bajándome el gorro hasta la altura de las cejas. Al cabo de unos instantes, escuadriñé de nuevo a mi pobre amigo por el rabillo del ojo y descubrí que se miraba en un lejano y enorme espejo de unos grandes almacenes: estaba sólo, inmóvil entre una multitud de paso, empapado bajo una fina lluvia que azotaba de lado.

En ése momento, algo se removió en mis entrañas. Un sentimiento de pena, culpabilidad y vergüenza por no ser capaz de acercarme a él y, sencillamente, saludarle. Quizás ese insignificante detalle sirviera para alegrarle un poco el día. Además, no tenía nada que hacer.

Lancé la colilla con cierta chulería lo más lejos que pude y comencé a acercarme a él. Cuando me encontraba a una docena de pasos de mi objetivo, éste se desplazó hacia la parada más cercana de autobús. Antes de que me diera cuenta, Guillermo estaba dando un tímido pero intenso abrazo a la chica que se acababa de apear del bus. Ella le atusó un poco el pelo mojado e inmediatamente después abrió un enorme paraguas rojo con lunares blancos. Entrecruzaron algunas palabras y sonrisas y se alejaron cogidos de la mano, cobijados bajo la enorme tela. Así es cómo Guillermo y yo nos cruzamos; él sin verme, yo sin mirarle.

Todavía algo confuso por el inesperado desenlace, la inercia de mis pasos se fue ralentizando y finalmente me detuve por casualidad en el mismo punto donde mi viejo amigo había estado parado durante todo el tiempo. Me encorvé y fruncí el ceño para protegerme de las agujas de lluvia que cosquilleaban mis ojos, mientras me recriminaba mentalmente las ridículas ideas, tan erróneas y precipitadas, que había creado de la nada. Tras unos segundos, alcé la mirada buscando un punto de fuga, pero me topé con aquel enorme espejo.

Empapado, inmóvil y sólo, entre una multitud de paso.