martes, 26 de febrero de 2008

El primer hombre de la historia era guitarrista

Estaba yo calculando, todavía adormilado sobre la cama, en qué momento me levantaría de la cama. Me tomé mi tiempo para esta transición, echémosle una hora, y antes de abrir los ojos y enfocar el despertador, ya sabía que eran las 10. En realidad marcaba las 9.59, pero me sorprendió la exactitud de mi reloj interno, que ya se ha acostumbrado a estas mañanas pelleras en las que viajo sin rumbo en autobuses municipales que parecen del IMSERSO.

Pero vayamos al tema. Durante ese tránsito entre el sueño y la conciencia, entre la horizontalidad y la verticalidad, no paro de pensar. Pienso en mil y un cosas, y esta mañana, vete tú a saber por qué, comencé a tejer una historia imaginaria que avanzaba improvisadamente a medida que cambiaba de costado. Un sueño vespertino, en el que vi al primer hombre de la historia. El primer hombre de la historia era un guitarrista. Tenía una vieja y primitiva guitarra, pero se sentía sólo porque no existía -todavía- ninguna mujer a la que deleitara con sus notas. Una noche, una serpiente cascabel, buscando calor, reptó hasta su cama, y se topó con el hombre abrazado a su instrumento. Allí se encontraba a gusto, así que, desde aquella ocasión, volvía todas las noches al lado del hombre. Con el paso del tiempo, comenzó a sentir celos de la guitarra, del espacio privilegiado que ocupaba entre los brazos del hombre, así que dilató sus fauces y fue, poco a poco, engulléndola.

A la mañana siguiente, el primer hombre de la historia se quedó atónito. A su lado, un ser desconocido se acurrucaba en su pecho. Una capa de piel recubría su guitarra, y cuando el animal respiraba, se embellecían sobremanera las curvas de la guitarra que se intuían todavía bajo la misma. Así nacieron las caderas de la mujer, porque desde aquel día, Dios atendió a sus deseos y otorgó al primer hombre (que ya no músico) la primera mujer; la creación más perfecta de la naturaleza, a imagen y semejanza de su amada guitarra.



Fin.

Esta historia es un mero ejemplo de cómo la mitología -sin juzgar su calidad, porque ha sido casi improvisada- no deja de ser literatura, literatura fantástica a veces aderezada con acontecimientos históricos, que con el paso del tiempo puede metamorfosearse en religión, en textos sagrados or whatever. Espero que no lo lea Cristina Almeida ni grupos ultrafeministas porque lo harían picadillo, pero repito que no es ésa su intención.

Tan sólo me ha asaltado cierta duda transcendental sobre las palabras de la Biblia. Porque al darme cuenta de que yo mismo puedo inventarme una historia similar (aunque más pobre), me he dado cuenta (¿acaso soy muy lento?) de que las historias de Adán y Eva, de la mujer de Lot convertida en sal, del Arca de Noé a lo zoológico universal... no son más que éso... fantasías salidas de una pluma anónima y perdida en el tiempo, mezcladas con terremotos, inundaciones y movimientos migratorios, que contaban con la ventaja en su difusión del analfabetismo, de la inexistencia de la ciencia y por tanto, la religión como única vía de conocimiento. De ésa manera, el paso de miles de años las ha convertido en literatura sagrada...

¿Qué explicación le da un profesor de religión a un alumno de 9 años cuando éste levanta la mano y le pregunta si la historia que acaban de leer sobre la costilla de Adán ocurrió de verdad o no? ¿Metáfora? ¿Mentira? ... ¿Es éste análisis extrapolable al Nuevo Testamento?

domingo, 24 de febrero de 2008

Nudismo etílico


Muchas veces, me he planteado si tengo talento o no.
Cuando lo hago, caigo en un estado de melancolía y reflexión. No puedo separar el asunto de su carga social. Si alguien tiene la mala suerte de cruzar conversación conmigo en tal estado, me oirá repetir la teoría, pero nunca me verá ponerla en práctica. Yo podría cambiar ésto. ¿Yo podría cambiar ésto? Tus profesores de párvulos te dirán que nada es imposible, pero no te dirán que todo es posible. Qué gilipollez. Pero el matiz de la vida lo es todo. Yo podría ser Nacho Vidal, Napoleón o Cleopatro, pero tendría que hacer el esfuerzo. El talón de Aquiles del tema se encuentra en el lenguaje. Porque el lenguaje es limitado. Tan limitado que seis caracteres definen tu estado de ánimo. Tan ridículamente primitivo que cuando alguien te pregunta cómo estás, respondes que bien. Bien. Bien... bueno, regular. Mal. Estoy fatal. ¿Era una pregunta retórica? No? Entonces profudicemos, porque me encuentro peor que fatal, no sé a qué he venido a este mundo, no sé quién soy ni qué tipo de chicas me gustan. No sé, sólo sé que no sé casi nada... sé que cada vez que me acuesto me transformo en una persona diferente.
Sé que el borracho de las cuatro de la madrugada no es la misma persona que el enfermo de la mañana. Sé que soy simpático si la salud me acompaña; seco y silencioso cuando sólo velo porque mis pulmones roben bocanadas gratuitas. Y pienso... ¿qué tiene que ver esta sarta de mentiras trascendentales con el talento? Elocuencia, no me abandones! Elocuencia, hazme una visita furtiva! Haz que me inspire el revoloteo de un mosquito, un mosquito a cuya invisible existencia pondré fin por miedo a que me pique y que el grano que me produzca me haga asuentarme de los demás por miedo a que miren mi nariz y la juzguen. Ése es tu poder, insecto de trompa insaciable, en la vida de un ser "inteligente". Inteligente y, paradójicamente, el único ser vivo capaz de ser estúpido. Estúpido hasta niveles inimaginables. Y cuando mañana me levante, no seré yo, yo el de ahora, quien juzgue estas palabras, sino un nuevo alberto, que diseccionará cada idea y vomitará crítica por los poros de sus axilas. ¿Hablamos de talento, entonces? Sí, merece la pena dejarse el seso en su búsqueda. Merece la pena llorar de noche, poniéndo de fondo la banda sonora de tu vida, porque buscas el fin porque añoras el medio. Quieres que la masa se arrodille ante tus pies, porque si todo el mundo te adora, podrás llegar a aceptar que eres bueno. Por fin, una respuesta a tus quimeras. Si todo el mundo te lame los pulpillos de tus dedos, si la gente corta las uñas de tus pies con los dientes, en fin... sabrás que el rastro que deja tu camino por la infinita historia ha dado un titular en el periodico local del desierto.