jueves, 28 de junio de 2007

La noche in-tranquila


Era una noche de verano, pausada, tranquila y discurrente entre los cauces de lo habitual. Me llamaron: ¡Pedante!, - y mi cabeza asintió de manera automática. Lo soy.

La conversación voló como buitre sobre cordero moribundo, y acabamos hablando de las experiencias con el psiquiatra de todos y cada uno de los presentes. Para mi sorpresa, yo era el único que no había tenido nunca una charla con el susodicho personaje... ¿tal vez ésto me hubiera ahorrado muchas palabras en un blog que nadie lee?

Me sentí confuso. Una persona con tantas dudas y problemas de inseguridad personal como yo, titubeaba en un diálogo de sordos - porque todos se limitaban a contar SUS cosas y nada más - cuando desgranaban sus confesiones frente al diván. Todos ellos narraban alegremente que el psiquiatra les había servido de mucho y que todo estaba ya resuelto. Al margen del plano sexual - porque algunos dibujaron a su psiquiatra como una pseudoactriz porno de melena rubia y escote subliminal - el profesional que escuchaba sus intimidades les ayudó a solucionar sus pequeños traumas.

Y yo, desde entonces, me pregunto a mi mismo: ¿Esta mal visto acudir al psicólogo en el siglo XXI? No necesitamos tener una soga al cuello reflejada en la mirada... sólo ganas de hablar... porque éste es el verdadero secreto de su éxito, el nuestro: ser capaces de compartir con otra persona aquello que escondemos y consideramos lo más despreciable, inmundo y ridículo, y sentir que alguien asiente comprensivamente.

Uretra's calling.

P.D.: La velada finalizó en un hospital. Un quasi coma etílico traía bajo el hombro un laberinto de pasillos blancos y minutos de espera. Yo, para hacer tiempo y puesto que los sudokus de la sala de espera parecían irresulobles, me dediqué a vagar por las instalaciones, dispuesto a encontrarme de sopetón con una psicóloga de guardia.

Al fin y al cabo, ella no era como me las habían descrito.

Alego


Antes de expulsar dentro de mí lo malo que había (¿flatulencias... mentales?), antes de disfrutar la penúltima burbuja de la cebada y exhalar el perenne chorro de humo que me asesina en silencio... antes de olvidar la frase mágica que lo solucionaría todo y la imagen de la chica anónima que en la madrugada me recuerda lo sólo que me siento... alego:

Que encontramos la diferencia entre el mundo vertical y el horizontal cuando nuestra cabeza ubriaca se salta los límites de la física habitual y cangea 180º de inclinación por una película repetitiva de movimientos diagonales en torno a la misma imagen.

Que es en este preciso y lúcido momento cuando nos damos cuenta de que vivimos en dos dimensiones totalmente diferenciables: el arrivo de un vagón a la estación es para nuestro cerebro la X de una ecuación que se completa con la caída desde un tercer piso en un incendio -basta decir, needless to say, la Y de nuestro gráfico-.

Que el hecho de que matar a un mosquito altere nuestra percepción de lo real metafísicamente cuando no sabemos si intentábamos aplastar entre las palmas de las manos un díptero chupasangre que retumba en el pabellón auditivo a las 3 de la madrugada o una mísera mota de polvo... polvo mísero en el que todos nos convertiremos.

Por eso, Señoría, pedimos un receso ante este tribunal hasta el amanecer de nuestra madurez intelectual, un paréntesis intelectual durante el cual la defensa - en este caso, nuestra conciencia embriagada por la situación - pueda elaborar conjeturas más creibles que la sarta de reflexiones trascendentales habituales.

Autopsia de un langostino.

miércoles, 6 de junio de 2007

...y doce horas mas tarde...


Despiertas.

El tránsito del sueño a la consciencia llega de repente. En una milésima de segundo atraviesas millones de años luz para reintroducirte en tu maltrecho cuerpo. Percibes que los rayos del sol ya entran por las rendijas de la persiana y queman lo que tocan. Entran y lo inundan todo, incluso traspasan tus párpados, y tu nuevo universo se convierte en una infinita pantalla naranja mientras gruñes mentalmente y vuelves, a tu pesar, al mundo de los vivos.

Despegas los ojos. Vidriosos, soñolientos, pequeños y cansados... Parece que hubieras envejecido 20 años en una noche, pero mereció la pena: son daños colaterales. Enfocas los objetos que se encuentran a tu alrededor y te das cuenta de que eres el primero en despertar. Los demás sentidos se reactivan poco a poco. En tu boca han fermentado millones de bacterias; las del tabaco se han asentado en tu faringe, las del alcohol han preferido el colchón duro de tu dentadura, y un crisol multicultural de todas ellas han tomado tu lengua. Un paraíso microscópico sellado durante tus horas de sueño que te hace recordar aquellos años de tu niñez, cuando tu boca era de fresa y guardabas bajo la almohada tus dientes de leche. ¿Leche? No, ahora sólo quieres agua.

Tus manos tiemblan y tu nariz es una chimenea. Ocho centímetros más atrás, parece que tu cerebro se ha derretido. No lo ves. Nunca lo has visto. Sólo lo notas, detrás de tus ojos. Bebiste tanta cerveza anoche que seguramente inundó tu cráneo, y cuando pasas de la posición horizontal a la vertical todo ese líquido que ahora es tu cerebro salta con violencia de un lado a otro. Una marea embravecida en un cuenco de hueso. Escuchas por línea interna el latido de tu corazón, tan limpia y claramente que tus tímpanos vibran al compás de su tic-tac y notas cómo la sangre va y viene. Ésta es la cruda y verdadera banda sonora de tu vida. ¿Qué es resaca? Resaca eres tú

Enciendes el ordenador. No es la mejor solución, teniendo en cuenta tu estado. El brillo de la pantalla y el zumbido del ventilador se unen a la legión de estímulos con las que tu coco ya estaba intentado lidiar... y te pones a escribir. No te importa. Necesitas hacerlo, y puedes hacerlo durante horas. Si no lo hicieras, sería peor. Deberías enfrentarte a un fantasma más anodino e infatigable que todos los Sánchez Dragó del mundo, ésa voz que canaliza tus pensamientos y que es tan falsa y tan real como una partida de ajedrez donde tú eres negras y blancas.

Tú mismo.